01. DEMOLEDOR

Empieza a ser difícil ponerle adjetivos a lo que hace Scottie Scheffler. Luego de la ronda del sábado, flotaba en el ambiente de Royal Portrush la sensación de que la jornada final sobraba. Estaba claro que en golf todo puede pasar, pero el consenso general era que la edición 153 del Open estaba terminada.

El N° 1 del mundo tenía cuatro golpes de ventaja y jugaba la ronda final con Haotong Li. Es cierto que adelante iban McIlroy con Fitzpatrick, pero aun así, pocos se animaban a apostar en contra de Scheffler. Es sabido que en estos casos los que vienen atrás se despiertan con la esperanza de encontrar un día de mucho viento y condiciones extremas. Si eso sucede, las posibilidades de error se multiplican y hasta el mejor puede sucumbir. Pero la historia fue otra: la ronda final pareció haberse jugado en un día fresco de Florida y no en el norte de Irlanda. Sol, calor y nada de viento: condiciones perfectas para hacer un gran score, pero también para que el líder no sufriera.

A las 2:33 llegó Scheffler al tee del 1, y dos minutos más tarde pegó su primer golpe. Habían pasado solo diez minutos de eso y ya había conseguido su primer birdie. El mensaje era claro. En esos primeros cinco hoyos anotó tres birdies y sacó seis golpes de ventaja con respecto al resto. Pero, al igual que le pasó en el PGA Championship, entró en un cono de sombra. Falló el green del 6, pero se salvó embocando desde cuatro metros para par. Falló el golpe de salida del 7 y volvió a salvarse desde una distancia similar. En el 8 encontró un búnker en el fairway, y allí me dio la impresión de que cometió el único error mental del día. En lugar de sacar a buena, intentó llegar al green, pero no salió del búnker. El doble bogey le dio algo de esperanza al resto. Fue solo una ilusión. Si algo hace bien Scheffler es recuperarse de los errores: en el 9 la dejó casi dada para otro birdie y todo volvió a la normalidad. No volvió a equivocarse en el resto de la ronda y todos supieron —mejor dicho, confirmaron— que jugaban por el segundo puesto.

No hay caminata en golf más dulce que la del hoyo 72 del Open sabiendo que ya ganaste. Scheffler la disfrutó, agradeciendo al público que de pie lo recibió en el green del 18. El par final, el abrazo con su caddie, el saludo con Li y, después, el desahogo lógico que deja escapar todos los nervios acumulados en la semana. El abrazo con su mujer y el pequeño Benett fue interminable, seguido por el saludo a sus padres.

Quizás no tenga el carisma de otros, pero Scottie Scheffler se ha transformado en un jugador intimidante para el resto, que sabe que cuando está allí arriba, por ahora, es imposible de vencer. El N° 1 del mundo sigue a paso firme: logró su título 17 en el circuito y su cuarto major. Podría decirse que solo a Tiger le ha quedado tan bien el título de Champion Golfer of the Year.

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