Siempre se habla de la presión que significa el domingo de un major, y eso quedó reflejado el domingo en Augusta. Los mejores del mundo sucumbieron ante los nervios de tener que cerrar uno de los torneos más importantes, y vimos cosas que nunca pensé que iba a ver. Hubo de todo en el día final, y jugadores que lo venían haciendo muy bien se desintegraron, incluido el ganador, que pegó golpes horribles y extraordinarios con pocos minutos de diferencia.
No hay forma de explicar el tercer golpe de McIlroy en el 13, y también nos sorprendimos con el segundo del hoyo final. Solo la presión de un major puede producir eso. Tampoco es muy común ver a Åberg cerrar el torneo de la forma en que lo hizo, aunque creo que en el caso del sueco pesó el bogey del 17, que lo había dejado sin chances de pelear el torneo. No te podés desconcentrar en Augusta ni un instante.
Está claro que este lugar produce cosas muy raras. Algunas, para bien, como Max Homa, que venía de no poder jugar el fin de semana en mucho tiempo, de no tener un top 10 desde el Masters del año pasado, pero que pisó Augusta y volvió a ser el jugador del último año. El empate en el puesto 12 le dará nueva energía. Otras, para mal, como los finales de Koepka y Johnson el viernes, que los dejaron afuera.
En cuatro semanas se verán todas las caras en el PGA Championship, en un lugar que todos conocen: Quail Hollow. Habrá presión, pero no creo que sea ni parecida a la que vimos en Augusta. El Masters produce cosas que ningún otro lugar produce.
