Cuando Henry Fownes y su hijo William diseñaron y construyeron Oakmont, decidieron no incluir agua para penalizar a los jugadores, pero sí coincidieron en que los bunkers debían ser realmente exigentes. Para ello, determinaron que la arena —traída de un río cercano y bastante densa— fuera rastrillada en forma perpendicular a la línea del hoyo, usando unos rastrillos con puntas triangulares de 4 cm de largo.
Esto hacía que la pelota descansara casi siempre en el surco creado por esos rastrillos, con un montículo de arena delante y detrás. La única forma de sacarla de allí era hacia los costados, y casi nunca en línea directa hacia la bandera.
Cuando la USGA anunció que el US Open volvería a Oakmont en 1953, los jugadores se reunieron con los directivos de la institución y les dijeron que no disputarían el campeonato si los bunkers seguían siendo de esa forma. Luego de varias idas y vueltas con el club, se acordó que los bunkers alrededor de los greens conservarían sus rastrillos originales, pero los de fairway serían rastrillados con los modelos comunes que se usaban en el tour semana tras semana. Con el tiempo, aquellos pesados rastrillos (que pesaban más de 22 kilos) fueron desapareciendo y hoy son una pieza de museo dentro del club house de Oakmont.
