Todos tenemos grupos de amigos golfistas, y en esos grupos siempre hay distintas opiniones. Siempre vamos a diferir en un montón de cosas, pero hubo un tiempo en el que todos coincidíamos en algo: Tiger Woods.
Era el factor aglutinante. Cada vez que Tiger jugaba, todos —y cuando digo todos, incluyo hasta los que jamás se habían interesado por el golf— estaban prendidos a la televisión para ver a una figura de un magnetismo sin igual. Pasó lo mismo en la década del 90, cuando Jordan invadió nuestros hogares y la NBA pasó a ser parte de nuestras conversaciones. Viví ambos fenómenos desde otro lugar, porque mi trabajo me había puesto en una posición diferente a la del espectador común. Pero tampoco pude abstraerme del fenómeno Tiger Woods.
Lo que hizo Tiger fue nunca visto. Pero más que lo que hizo, fue la forma en que lo hizo. Era espectacular en todo lo que hacía. Su pegada, sus festejos —a veces desmedidos, pero que eran marca registrada—, su carisma, la espectacularidad de su juego, lo que embocaba, cómo la desparramaba desde el tee para luego terminar salvándose una y mil veces, los golpes justos en los momentos exactos, las embocadas desde fuera del green… y la famosa frase del golf se transformó en realidad:
Él sabía que te iba a ganar, vos sabías que te iba a ganar, y él sabía que vos sabías que te iba a ganar.
Y al final —como era previsible—, te ganaba.
Toda esta fábula empezó allá por 1997 y terminó en 2009, cuando un ignoto jugador llamado Y.E. Yang le ganó el PGA Championship con Tiger saliendo como líder. El hechizo lo rompió el menos esperado.
A los tres meses de esa ronda final en Hazeltine, explotó el escándalo con su mujer. Su vida y su carrera empezaron a complicarse, dejó de ganar majors y, a los pocos años, su físico dijo basta. Ya nada fue igual.
Pero hubo un último baile.
Augusta 2019 fue el regreso más esperado y espectacular que recuerde. Lo imposible era otra vez posible. Fue el último gran rugido del Tigre.
El tremendo accidente en Los Ángeles lo dejó al borde de que le amputaran una pierna. Intentó volver. Una y mil veces. No pudo. Y hoy ya ni siquiera hablamos de Tiger Woods.
En su lugar apareció otro personaje que no puede ser más diferente a Tiger, y al mismo tiempo no puede ser más igual.
No festeja en forma desmedida. No la desparrama desde el tee. No produce ningún golpe espectacular. Su vida personal es la de un tipo normal que muere de amor por su mujer —novia desde la secundaria— y ahora por su hijo. No emboca putts kilométricos ni pega distancias inhumanas. No hace nada extraordinario, pero hace todo muy bien.
Tan bien lo hace, que los números de Scottie Scheffler son tan similares a los de Tiger que asustan, porque básicamente jamás pensamos que los volveríamos a ver. Todo esto lo transforma en el antihéroe que declara que ganar no es lo que más satisfacción le da en la vida, porque la alegría dura —como mucho— hasta el día siguiente. Porque la prensa ya te empieza a preguntar por lo que viene.
Que lo que más disfruta es estar en su casa con su hijo y ser un mejor padre y un mejor esposo cada día.
Estas fueron algunas de las cosas que dijo en la desopilante conferencia de prensa del martes en Portrush (si no la vieron, les recomiendo que la busquen en YouTube o en el sitio del Open).
Ahora, en mis grupos de amigos, leo que Scheffler no les gusta. Que es aburrido. Que no sufre. Que no transpira. Que gana sin hacer nada espectacular. Que los aburre. Y no sé cuántas cosas más he leído últimamente en los chats.
Solo les pido que disfruten a este fenómeno, que no sé cuánto va a durar, pero que juega al golf como pocos han jugado.
Que hace un swing que parece que se va a caer al piso en cada golpe (tengo miedo de que un día, con el piso mojado, termine en el suelo), pero que tiene un dominio sobre la pelota que parece de PlayStation.
Que el control de distancia con los hierros es casi perfecto (fíjense que la pelota termina casi siempre a la altura de la bandera), que alrededor del green es un mago, y que cuando emboca, es imbatible.
Es verdad que no tiene carisma. Es verdad que no produce en la gente aquella locura que vivimos hace 25 años.
No es Tiger.
Es Scottie.
Y como era Tiger, es el mejor por lejos.