Extraordinario: fuera del orden o regla natural o común.
Así define la Real Academia Española a un adjetivo que usamos a menudo para referirnos a un suceso. En general, lo usamos para un hecho que nos sorprende para bien, y en muy pocos casos, para algo que ocurre muy por debajo de lo esperado.
La semana pasada estuvimos en Guayaquil para la edición 79 del Campeonato Sudamericano de Golf por Equipos, Copa Los Andes. Volví a la misma ciudad en donde, 40 años atrás, me había tocado debutar como jugador en este mismo campeonato. Si bien era el mismo club, la cancha que jugamos en aquella oportunidad ya no existe más, y el club inauguró una nueva sede en otra zona de la ciudad.
La cancha tiene apenas un par de años desde su inauguración y, como toda cancha nueva, necesita tiempo de maduración para poder empezar a apreciarla en su real magnitud. Esta no es la excepción: los árboles son muy jóvenes, y los alrededores de los fairways muestran zonas en construcción, algo común en estos nuevos emprendimientos donde el real estate va de la mano con el campo de golf. Más allá de esto, el diseño pertenece a Robert Trent Jones Jr., pero por lo que pude enterarme, la construcción no estuvo a cargo de su equipo, sino que se contrató a diferentes shapers de la región para moldear el terreno. El resultado no fue el esperado por el legendario diseñador, y no me extrañaría que en pocos años varios de sus greens tengan que ser reemplazados, especialmente algunos del recorrido de ida.
La cancha fue trazada, en especial los segundos nueve hoyos, en un terreno de dimensiones reducidas, lo que hace que en muchos hoyos se pueda jugar a otro fairway para escapar de los peligros del hoyo. En términos agronómicos, el campo estaba en excelente condición: fairways y greens perfectos, buena calidad de arena en los bunkers y rough bajo, que no obligaba a los jugadores a acertar los fairways para poder llegar al green.
Volviendo a lo extraordinario, lo es que un equipo gane cuatro ediciones consecutivas de la Copa Los Andes. También resulta extraordinario que ese mismo equipo, al año siguiente, esté peleando por no terminar último, sobre todo si tres de los integrantes del equipo campeón repiten participación.
Para entender la gravedad de terminar último en la Copa Los Andes, tenemos que retroceder 30 años, hasta Quito 1995. Allí, la Federación Sudamericana de Golf votó una regla que indica que quien finaliza último en la tabla de posiciones no puede participar de la siguiente edición. Pero hay una salvedad: si el país que termina último es el anfitrión del próximo campeonato, el eliminado será el anteúltimo. Una regla absurda, pero es la que rige.
Argentina jamás había terminado última ni había tenido posibilidades de hacerlo en 78 años de historia. Pero eso cambió en la edición 79. Si leyeron la nota correspondiente a los caballeros, tendrán una idea de lo que pasó. Como dije allí, fue frustrante ver día tras día cómo los chicos no podían ganar un partido. Son cuatro jornadas en donde el despertador suena a las 4:15 AM, se practica de noche, y el primer tee time es a las 6:30, con las primeras luces del día. Se juega contra dos equipos al mismo tiempo, con dos foursomes a la mañana y cuatro individuales por la tarde. Los equipos son de cinco jugadores, por lo que en cada sesión descansa uno. Durante el intervalo de una hora para almorzar se define, en base a lo sucedido por la mañana, la estrategia para la tarde. Media hora antes de cada sesión se realiza el sorteo, donde cada capitán acomoda a sus jugadores según le conviene.
Es fundamental no perder los foursomes, porque si eso ocurre quedás muy comprometido para la tarde. Por ejemplo, si contra un país perdés los dos foursomes, a la tarde debés ganar tres de los cuatro individuales y empatar el otro para ganar el match y sumar dos puntos en la tabla.
Algo también extraordinario fue que nunca estuvimos perdiendo la sesión matutina; en varios casos la ganamos. Pero por la tarde no pudimos mantener el nivel. Así llegamos al día final habiendo empatado solo dos partidos. La presión era máxima: había que ganar para no depender de otros resultados, y enfrente estaba el mejor equipo de la semana, el local. A los nervios lógicos se sumaba el cansancio acumulado de jugar 36 hoyos diarios bajo el calor de Guayaquil.
Como dije, debuté aquí hace 40 años. Jugué 10 Copas Los Andes y esta es la 12ª vez que tengo el honor de ser capitán. Me tocó ganar y perder, tener ediciones perfectas y otras en las que las cosas no salieron bien —algo normal en el golf—, pero jamás había vivido una situación como esta. Ver pasar los días sin poder ganar era frustrante. Solo pensar que el próximo año no íbamos a estar en Lima me producía escalofríos. Fue difícil hacer cambios: uno de los foursomes funcionaba a la perfección y no se podía tocar, mientras que el otro nunca encontró su mejor versión. El último día cambiamos a uno de los integrantes, pero el resultado fue el mismo. Solo me quedaba confiar en la calidad de los jugadores argentinos y en la gran preparación que habían hecho. Por suerte, algo de ese buen juego apareció el sábado por la tarde.
Los nervios de pelear un campeonato el último día son grandes, y da muchísima bronca perder cuando estás cerca de ganarlo. Pero los nervios de pelear por no quedar eliminados para el próximo año no se comparan con nada de lo que viví en mis 22 ediciones en este campeonato. Una sensación que no se la deseo a nadie.
Algo extraordinario.